
Hoy he recibido un e-mail de un amigo en el que me decía: "Por mirar lejos te tropezarás y, seguramente, no harás carrera mundanal, pero ¡qué mejor regalo!"
Y esto me hace pensar.
¡Mirar lejos! En el fondo mirar más-allá de donde solemos mirar al caminar por la Gran Vía o por la calle Illescas. Mirar más allá es mirar a un destino que se está forjando en mis miradas, en mis caminares acompañado de la Providencia que procuro escuchar a diario.
Pero mirar más allá es, en el fondo, reconocer que no es mía la mirada. Que no es mío el destino, ni siquiera el camino que piso.
Es un camino de prestado que, como el hijo de un gran Rey, piso con paso firme. Con la seguridad de que la herencia es todo lo que me falta. ¡Y me falta tanto!
Mirar más allá no es pasar de lo que tengo delante. Al contrario, es amar lo que tengo, como lo que se me ha dado, por pura gracia de Dios, para ver mejor el destino. Para amar mejor el presente.
Pero sin la esperanza, poco podemos hacer.
"por mirar lejos te tropezarás, no harás carrera mundanal..." ¡Maravilloso! Tropezar, seguro que iba a hacerlo de todos modos (y no es falsa humildad) y, la carrera mundanal, no la quiero. Es más, la carrera mundanal dentro de la Iglesia es algo que desprecio bastante (para hacer carrera mundanal hay otros lugares, estupendos, hechos para la carrera mundanal).
¡"Por mirar lejos"! Esa lejanía es sumamente cercana. Es la compañía permanente de la Presencia del Espíritu Santo en nosotros. En mí. Y no porque me lo merezca -que no me lo merezco-, sino porque a Dios le da la gana; que, seguro, es la razón más sobrenatural.
Quizá soy un soñador... pero me encanta soñar.
Soñad y os quedaréis cortos.